Es probable que en nuestra vida cotidiana muchos de nosotros hayamos oído (o incluso empleado) manifestaciones del tipo: “En mi pueblo se habla muy mal”, “Mi abuelo, como nunca salió del pueblo ni pudo estudiar, no sabía hablar”, “¡Qué bien hablan los de X! No como los de Y, que hablan como corronchos”, “Cuando estuve en X me di cuenta de lo bien que pronuncian los de allí, mientras que los de Y pronuncian fatal”.
Un docente debe evitar en el aula este tipo de afirmaciones, ya que estas son la manifestación material de una pregunta que los no especialistas en el estudio del lenguaje se plantean a menudo: la de si las lenguas pueden usarse mejor o peor. Esta cuestión, como las comentadas en las entradas anteriores, puede ponerse en parangón con la vida humana.
Toda lengua con cierta extensión geográfica presenta diversas variedades en el territorio que ocupa, es decir, diferentes dialectos. Sin embargo, es habitual que uno de esos dialectos o, más frecuentemente, una modalidad de la lengua construida a partir de uno de ellos aunque no totalmente identificada con él, se convierta en la variedad estándar, que es la que se considera general, válida y correcta para la comunicación entre todos los individuos que emplean esa lengua, aunque en realidad no sea la variedad materna de ninguno de ellos y deba ser aprendida a partir de un proceso dirigido externamente (razón por la cual algunos especialistas, con toda la razón, consideran que estas modalidades son lenguas cultivadas, frente a las lenguas naturales que todos adquirimos de forma espontánea desde nuestro nacimiento).
Ahora bien, lo dicho anteriormente no significa en absoluto que los dialectos sean formas imperfectas de usar la lengua y, por ende, el docente, aunque no conozca la variedad de estas no puede afirmar que quién lo haga de una manera diferente no tiene la habilidad comunicarse eficientemente: cualquier variedad geográfica cumple perfectamente la misión que define a las lenguas, que no es otra que la de servir para que sus usuarios se comuniquen, interactúen y expresen todo aquello que puedan concebir. Lo que le ocurrirá a una persona que solo conozca su propio dialecto es que se le cerrarán algunas puertas —o muchas, según sus circunstancias vitales— a la hora de relacionarse fuera de su ámbito interpersonal.

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